Por Edgar Isaac Llanas Gallardo

Escribo desde la República Popular de China. Del otro lado del globo, a más de 13 mil kilómetros se encuentra el Ombligo de la Luna, mejor conocido como México. País históricamente convulso pero folclórico. Nadie entiende cómo logra sobrellevar dicha situación pero ahí sigue, estoico y dicharachero. Mi nombre es Edgar Isaac, tengo 26 y desde hace 9 meses resido en Dongguan, provincia (estado) de Guangdong, al sureste del Gigante asiático.

Me encuentro en la zona mejor conocida como el Área de la Gran Bahía, uno de los proyectos más ambiciosos del gobierno chino que pretende, para 2025, tener «Un clúster de ciudades destinado a convertirse en un centro financiero, tecnológico y de comunicaciones de referencia internacional», según información del periódico China Daily.

Hong Kong y Macao conformarán este gran polo mundial de los negocios, además de nueve ciudades de la provincia de Guangdong: Guanzhou (una de las cuatro ciudades más desarrolladas del país), Shenzhen (otra de las cuatro ciudades más grandes de China y la denominada «fábrica del mundo»), Zhuhai, Dongguan, Huizhou, Zhongshan, Foshan, Zhaoqing y Jiangmen.

Al menos este era el plan anunciado en febrero de 2019, antes de que apareciera quien marcará un antes y un después en nuestra generación: el coronavirus.

Inicialmente, llegué a donde estoy por invitación de un ex maestro de mi universidad (hoy amigo y roomie) para colaborar en un proyecto cultural de inglés y español en nivel primaria y secundaria por tiempo indefinido. Hasta aquí todo bien.

Llegaron las vacaciones del Año Nuevo Chino (del 13 de enero al 13 de febrero) pero con ellas llegó el que hoy es el enemigo público número uno de la humanidad. Debo reconocer que jamás creí que la emergencia sanitaria por el coronavirus se convertiría en lo que tenemos hoy en día, con más de 6 millones de casos confirmados y, desgraciadamente, miles de muertes. Creo que nadie se imaginó la magnitud del desastre.

Al día de hoy, China está prácticamente recuperado, algunos países asiáticos siguen el mismo camino y Europa parece estar mostrando los primeros signos de mejoría. Ahora viene la parte compleja para México y en general para el continente americano.

En mi caso, después de tres meses de postergación de la apertura de las escuelas en mi provincia, por fin el 11 de mayo se reabrieron. Hasta este punto se preguntarán, con justa razón, «pero, ¿cómo sobreviviste todo este tiempo?», «¿qué nos aconsejas?, ¿volveremos a la normalidad?», preguntas que, incluso, yo mismo me he hecho y que creo es el momento indicado para responder. Les contaré lo que creo serán algunas enseñanzas de esta pandemia, tanto a nivel personal, individual, como colectivo.

Por naturaleza, como seres humanos buscamos certezas. Sin embargo, quizás la única certeza que tendremos es que en algún momento moriremos. Todo lo demás es incertidumbre. Así hemos sobrevivido como especie y así lo haremos hasta nuestra extinción, que no nos quede duda.

En lo personal, una de las principales enseñanzas de esta emergencia es ahorrar. Por parte de la labor que me encontraba realizando, recibía una remuneración simbólica, pero durante este periodo no la tuve y tuve que sobrevivir con lo que había juntado (que no era lo mismo que haber ahorrado como tal), además de repartir gastos con mi roomie para amortizar la situación.

En este tiempo retumbó en mi cabeza la recomendación que me hiciera una maestra de economía en mis tiempos de bachillerato: «Hay que ahorrar el 30% de sus ingresos», o la típica frase de: «Hay que tener un respaldo económico de al menos 3 meses de nuestro salario». Hoy todo eso es más real que nunca. Si bien, logré sortear la situación, habría sido de manera más tranquila si hubiera cumplido con estas recomendaciones. Por ello, uno de mis principales objetivos, ahora que esto comienza a volver a la normalidad, es establecer un verdadero plan de ahorro. De ser posible, buscar asesoría profesional al respecto. Soy realista y va a ser un trabajo duro, pero lo haré.

Otro aprendizaje importante en lo personal, es el buscar una segunda fuente de ingresos. Sí, ya sé que es otra cosa que insistentemente nos han dicho toda la vida pero hoy se hace más «tangible». Al no tener la fuente de ingresos económicos principal, naturalmente los gastos fueron consumiendo lo recaudado hasta entonces. La condición de extranjero en China te abre muchísimas puertas para hacer negocios y es algo en lo que hay mucho potencial, pero que hasta antes de la pandemia sólo había sido «una opción más» y casi como un hobby. Durante esta situación fue lo que nos sacó adelante a mi roomie y a mí.

Por razones que aún no logro comprender, muchas personas actuamos hasta que nos avientan a patadas de nuestra zona de confort. Bien me decía mi madre: «a veces la vida te deja dos opciones: o eres fuerte o eres fuerte». Y entonces comencé a tomar con mayor seriedad el mundo de los negocios. Con sus problemas y complicaciones, pero ahí vamos.

Hoy, con las cosas retomando su curso normal, el reto será encontrar un equilibrio entre la labor cultural educativa y el hacer negocios. A veces es difícil, pero el aprendizaje es inmenso. Para culminar con lo aprendido a nivel personal, y retomando ese concepto que está tan de moda «la nueva normalidad», yo diría que eso es mucho decir. Lo normalidad sigue siendo normalidad. La única diferencia, hasta ahora, es el uso de cubrebocas cuando se está en el exterior. Aunque muchas personas ya no lo estén usando y pareciera que el virus ya se dejó en el pasado. Y eso pasará, quizá no lo olvidaremos nunca pero paulatinamente dejará de estar presente en nuestros pensamientos. Somos humanos, siempre seguimos adelante.

Cómo se vive el coronavirus en China

En cuanto a los aprendizajes a nivel individual, queda claro que debemos recordar que somos entes individuales dentro de una sociedad. Tan claro y complejo que parece esto. Lo digo por todas aquellas personas que están cumpliendo a cabalidad con las medidas de confinamiento voluntario y el aislamiento social. Para todos ustedes que han estado a la altura, todo mi respeto. Pero tenemos la contraparte, aquellos que, por miedo o ignorancia, han desatendido todo tipo de recomendaciones de las autoridades sanitarias, sin importar su bienestar, ni el de quienes los rodean. Cabe aclarar que, en el contexto de nuestro país, hay gente que se gana la vida al día y que le resulta imposible el no salir de sus casas. También para ellos toda mi solidaridad, admiración y respeto.

No somos nadie para juzgar a alguien desde una «falsa superioridad moral», pero sí somos libres de señalar esos actos de irresponsabilidad social de todas aquellas personas que han hecho menos este virus y por mero gusto han incumplido con las recomendaciones de distanciamiento social. Al final, será la historia quien nos juzgue. Siguiendo con los aprendizajes individuales, es imprescindible una cosa: aprender a estar con nosotros mismos.

Hablando desde mi experiencia (y quienes me conocen pueden dar cuenta de ello) no resultó gran reto mantenerme en el confinamiento, pues gran parte del tiempo me la paso aislado y conmigo mismo. Pero no puedo pretender que mi caso aplique para todos. De hecho, he encontrado gran cantidad de testimonios en redes sociales de cuán difícil ha sido mantenerse en este aislamiento. Daría la impresión de que no sabemos estar con nosotros mismos. Por ello, es imperativo revisarnos, ser introspectivos, encontrar esos puntos que durante tanto tiempo hemos evadido y por fin reconciliarnos con nosotros mismos. Resulta muy sencillo decirlo, pero es una labor titánica, aunque posible. Apoyarse en los seres queridos, ya sean familiares, amigos, parejas, etc. es fundamental.

En los aprendizajes de nivel colectivo me permitiré ligar lo del nivel individual: reconocernos como parte de una sociedad en donde nuestros actos repercuten en los demás. Aquí recuerdo una frase del célebre escritor mexicano, Juan Rulfo, y la «manoseo», como diría el escritor lagunero, Edgar Lacolz, para adecuarla a estos tiempos: «Nos salvamos separados o nos hundimos juntos». Nunca antes la separación entre los individuos, el distanciamiento, había sido la mayor muestra de solidaridad, empatía y unión como en estos tiempos. Ironías de la vida.

En este mismo tenor de lo colectivo, es momento de reflexionar y poner en el centro del debate algo que ha estado presente durante muchísimo tiempo y que quizá no habíamos querido ver o volteábamos la mirada para otro lado: la tremenda desigualdad social de nuestro país. Definitivamente no estamos en el mismo barco o, si lo estamos, vamos en uno como el Titanic y la mayoría va viajando en el sótano. Debemos comenzar a preocuparnos por nuestros semejantes, reconocernos como iguales y dejar de lado las diferencias materiales y económicas. A fin de cuentas, eso va y viene. Lo que no va y viene es la salud y la vida.

Millones de mexicanos se ven imposibilitados de seguir las medidas de distanciamiento social por la escalofriante dicotomía de: «o muero de hambre o muero de coronavirus». Perdón por lo cruento de la expresión pero es una realidad de millones de compatriotas. Las condiciones sociales deben ser más justas, más equitativas y más humanas. Y la colectividad aquí tiene mucho por hacer, porque si todos jalamos parejo, conseguiremos más cosas, nos acercaremos más a esa quizás utopía de un país menos desigual. Aprovecho para recordar aquella expresión que reza: «ninguno de nosotros es mejor que todos nosotros». Y que no se me malinterprete, no hago una apología de la supresión de la individualidad, sino que entendamos que, como individuos, jugamos un papel importante dentro de una sociedad y que debemos ver también por los demás.

Definitivamente, la vida será diferente después de toda esta pesadilla. Sin embargo, como siempre lo hemos hecho, saldremos adelante. Aunque, no estaremos todos. Hay algunos compatriotas que penosamente habrán perdido la batalla contra este terrible virus.

Aprovecho el momento para dedicarle estas letras a los caídos en esta pandemia y a sus allegados. Con todo el afecto y respeto del mundo, les deseo pronta aceptación y fuerza para lidiar con sus pérdidas irreparables. También, toda mi admiración para aquellos que lograron salir adelante, sigan con ese ímpetu de guerreros. Y no quiero dejar pasar la oportunidad de reconocer a todo el personal médico que ha dejado alma, vida y corazón para atender y cuidar de aquellos que han caído en las garras de la enfermedad. Ustedes son héroes, merecen todo el respeto y las máximas condecoraciones sociales que puedan existir. Sin ustedes salir adelante sería poco menos que imposible.

Finalmente, me gustaría recordar las palabras del ilustre Albert Einstein, leyéndolas minuciosa y cuidadosamente para evitar malinterpretaciones, acerca de su visión sobre las crisis: «La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera las crisis, se supera así mismo sin quedar superado… La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y de los países es la pereza para encontrar salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos… Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia… Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla.»
Esto también pasará, queridos compatriotas.

Gracias por leer este texto sobre un poco de la experiencia que ha sido esta pandemia en territorio chino. Les deseo mucha fuerza, mucha sabiduría y paciencia. La luz al final del túnel comienza a asomarse y cada vez falta menos para comenzar a retomar el curso de las cosas.


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